Fernando Diez, un libro abierto

Publicado por Hiram , jueves, 14 de abril de 2011 7:47

Fernando Diez, un libro abierto




Hiram Gustavo Valles Castrejón








Era 11 de Abril. El aula magna del Tecnológico de Monterrey mantenía el olor plástico de la alfombra azul y gris que recubre las paredes y el suelo. Casi todas las sillas de asientos azules ya estában ocupadas, en su mayoría por jóvenes de preparatoria. Al fondo del aula se encuentraban los profesores Luis Navarro y Ofelia Medina, ambos sonrientes y amables con el conferencista. El protagonista del evento era un hombre de tupida barba y bigote blancos, anteojos sencillos, tez bclara, y a la distancia se podía distinguir el color verdoso de sus ojos.




Las voces de los muchachos suenaban cada vez más fuerte, como si fuera un enjambre. La profesora Ofelia dio inicio oficialmente a la conferencia al filo de la 1:00 P.M. En el marco de la semana del libro tiene lugar la conferencia: “Libros y discos.” Los profesores comienzaron las primeras pruebas de audio, preguntaron varias veces si la música de escuchaba hasta el fondo de la habitación. Aumentó la expectativa por lo que escuchariamos. Cinco minutos más tarde el público empiezó a descubrir quién era aquel hombre de aspecto reflexivo. Fernando Diez Urdanivia nació en 1932, estudió periodismo en la escuela Carlos Septién García, fue maestro de literatura en la universidad de California y tiene más de 22 libros publicados. Urdanivia permaneció quieto en su gran sillón azul, miró atentamente los rostros de su público y se preparaba para emitir sus primeras palabras.




Fernando Diez abrió un folder color negro, revisó un papel en su interior y se dirigió a sus interlocutores con estas palabras: “Me doy cuenta de que mi público es mucho más joven de lo que esperaba, tendré que modificar un poco mi conferencia para ustedes, yo soy el único representante de la momiza”. La broma rompió el hielo y la actitud de su público mejoró, los jóvenes permanecieron atentos. Un silencio cómodo dio paso a la introducción de Fernando, su voz y su semblante siguieron igual de calmos.




“El objetivo de esta conferencia es que los jóvenes no se desprendan de todo lo que ocurrió en México”. Urdanivia busca crear una memoria histórica en lo jóvenes; los cambios sociales y culturales son tan veloces que rezagan por completo el pasado. El conferencista relató con detalles que sus tres hijos crecieron escuchando la música de Agustín Lara, ahora les parece aburrido y prefieren escucharlo en compañía de Luis Miguel, este es un ejemplo de cómo los artistas del pasado quedan sentenciados al olvido.








Bailemos Polka








Los primeros sonidos que emitieron las bocinas fueron suaves y juguetones, recordaron una celebración infantil, llena de globos y ponche de frutas. El efecto que esta melodía produjo en los oyentes fue contradictorio; la mayoría parecía no reconocer de qué pieza se trataba, sin embargo todos la disfrutaron con naturalidad que indicaría su conocimiento. Al final Fernando preguntó quién sabía el título de la melodía, no fue ninguna sorpresa que todos permanecieran en silencio.




El conferencista develó el misterio, lo que todos habíamos escuchado era una Polka corrida, se titula “Las bicicletas”. Al revelar esta información produjo un rostro de extrañeza en la mayoría; Urdanivia prosiguió explicando por qué se le denomina corrida. “Este tipo de Polka sonaba antiguamente en la bodas y se bailaba corriendo de un lado a otro del salón, de ahí su nombre”.








El famoso Eneas








Más o menos a la mitad de la conferencia, Fernando Diez comenzó un relato sobre Pancho Nivoi, este hombre realizaba epigramas muy originales, algunos de ellos con albures. La voz de Fernando leyó el epigrama sobre un canino llamado Eneas, todos los oídos esperaban escuchar algo llamativo. Más rápido de lo que se pensaba llegó el momento estelar: “quiero que me lamas Eneas”. Esas simples palabras fueron suficientes para hacer estallar la risa de todos los asistentes, en los rostros de Navarro y de Urdanivia también se dibujó una sonrisa apenada.




Al parecer pocos conocían a los personajes que este hombre presentó a su audiencia. Pancho Nivoi, Ignacio López Tarso, son algunos de los que ahora la mayoría no se acuerda, sin embargo las descripciones tan detalladas crearon un retrato de esos rostros, así todos podíamos imaginarlos por lo menos. Sobre Ignacio López Tarso cuentó algo que muy pocos saben; él estudió para sacerdote en un seminario, ahí lo nombraron lector oficial de los sacramentos, le encantaba subir al púlpito a ejercer su labor.




Más respuestas que preguntas












Hacia el final de la conferencia inició la sesión de preguntas y respuestas, como es usual hubo un momento de silencio gélido antes de que la primera pregunta saltara al aire. Para animar a los jóvenes Fernando bromeó con que no fueramos tan insistentes con el interrogatorio, todos rieron un poco.




La primera valiente salió y preguntó, con voz segura, cuál de todos sus libros era el predilecto por él. Fernando contestó tajante: “Todos mis libros están hechos para tirarse a la basura”, el rostro de la joven reveló la sorpresa originada por esa respuesta. Fernando procedió explicando que desde su punto de vista es demasiado presuntuoso estar conforme con lo que se escribe, para él los buenos escritores están mayormente inconformes con su trabajo, siempre buscan mejorarlo.




La tercera pregunta la realicé yo, quería saber en la opinión de Fernando cuál es es la faz de la cultura mexicana que sigue intacta. El conferencista no respondió mi pregunta y echó mano de una anécdota para responderla según él. Fernando contó que Eulalio Ferrier fue un publicista que fundó el museo del Quijote en Guanajuato, este hombre permaneció en un campo de concentración francés, durante la segunda guerra mundial, el hombre intercambió una cajetilla de cigarros por un libro. Aquel libro resultó ser Don Quijote, y desde ese entonces fue el libro de cabecera de Eulalio Ferrier. Fernando Diez concluyó diciendo que mantener la cultura es un compromiso mayormente personal.




Faltaban un par de minutos para que dieran las 2:00, el conferencista agradeció la amabilidad del público, los profesores le entregaron un reconocimiento, él lo abrió y sonrió. Además de despedirnos con la grabación de “La golondrina” interpretada con una hoja de árbol, el conferencista se despidió con una frase que hablaría sobre su humildad: “Gracias por dejarme compartir con ustedes mis saberes, pero más por dejarme compartir mi ignorancia”.




Los jóvenes escucharon las últimas palabras de Fernando Diez de Urdanivia y se levantaron rápidamente de los asientos. Todos se dirigierdon a la salida delantera, se apelotonaron esperando salir por el reducido espacio. Yo me dirigí a la salida trasera. Entre la gente resaltaba el vestido de franjas rojas y blancas de la esposa de Fernando, ella atendía un puesto con las obras de su amado. La sonrisa blanca de la mujer nos despidió con amabilidad y ternura maternal.

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