El Modernismo
Publicado por Hiram , sábado, 24 de abril de 2010 13:20
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa.
El reino del modernismo resguarda figuras fantásticas, como princesas, gnomos, ninfas y el vasto imaginario de cuentos de hadas.
En el Siglo XIX nace el modernismo, como una flor en medio del desierto; entre las sangrientas dictaduras de Videla, Pinochet, Banzer, Stroessner, y en Nicaragua Anastasio Somoza y su dinastía. Ante el panorama dictatorial militar lo escritores recurrieron al auto-exilio, huyeron a París y el mundo entero. Como resultado se inauguro la figura del escritor errante, nómada y globalizado.
Los viajeros mantuvieron un constante dialogo con el arte europeo, de ahí nutrieron su escritura y dotaron de atributos sus creaciones. El neoclasicismo seguía vigente en la comunidad artística europea, por ello los cuentos modernistas recurren a criaturas e historias de la mitología griega. Durante el Siglo XVII y XVIII el Romanticismo y el Realismo fueron ampliamente explorados, los modernistas querían producir algo completamente diferente, querían el arte por el arte. Los modernistas pulían su trabajo hasta que fuera cercano a lo perfecto, contrario a la visceralidad de los poemas románticos. En el afán de perfección la narrativa y poemas modernitas cuentan con rima y ritmo impecables, también con las más complejas y hermosas metáforas. La sinestesia fue un recurso poco explotado que los modernistas supieron aprovechar, la sinestesia es la experiencia sensorial alterada: sentir olores, oler sonido, oír sabores. Sin duda los modernistas deseaban que su trabajo fuera tan refinado y deslúmbrate como una gema; el uso de piedras preciosas y cristales es un sino de la escritura modernista. Para comprobar la importancia del preciosismo en las obras modernistas es suficiente leer “El Rubí”, un cuento en el que Rubén Darío nos cuenta con maestría como dicha piedra adquirió su color.
Todas las obras modernistas muestran un paisaje fantástico, palacios de diamantes; mariposas verdes y amarillas; gnomos y ninfas; fragantes jardines… todo menos la realidad que vivía América Latina. A esa contradicción se lo conoce como “Dariana” por el principal representante de la corriente. El modernismo no cuenta con ninguna característica que lo convierta en una herramienta denunciatoria de la realidad. La mayoría de los autores modernistas se encontraban encerrados en su torre de marfil, lejos de la violencia y la muerte.
El reino del modernismo resguarda figuras fantásticas, como princesas, gnomos, ninfas y el vasto imaginario de cuentos de hadas.
En el Siglo XIX nace el modernismo, como una flor en medio del desierto; entre las sangrientas dictaduras de Videla, Pinochet, Banzer, Stroessner, y en Nicaragua Anastasio Somoza y su dinastía. Ante el panorama dictatorial militar lo escritores recurrieron al auto-exilio, huyeron a París y el mundo entero. Como resultado se inauguro la figura del escritor errante, nómada y globalizado.
Los viajeros mantuvieron un constante dialogo con el arte europeo, de ahí nutrieron su escritura y dotaron de atributos sus creaciones. El neoclasicismo seguía vigente en la comunidad artística europea, por ello los cuentos modernistas recurren a criaturas e historias de la mitología griega. Durante el Siglo XVII y XVIII el Romanticismo y el Realismo fueron ampliamente explorados, los modernistas querían producir algo completamente diferente, querían el arte por el arte. Los modernistas pulían su trabajo hasta que fuera cercano a lo perfecto, contrario a la visceralidad de los poemas románticos. En el afán de perfección la narrativa y poemas modernitas cuentan con rima y ritmo impecables, también con las más complejas y hermosas metáforas. La sinestesia fue un recurso poco explotado que los modernistas supieron aprovechar, la sinestesia es la experiencia sensorial alterada: sentir olores, oler sonido, oír sabores. Sin duda los modernistas deseaban que su trabajo fuera tan refinado y deslúmbrate como una gema; el uso de piedras preciosas y cristales es un sino de la escritura modernista. Para comprobar la importancia del preciosismo en las obras modernistas es suficiente leer “El Rubí”, un cuento en el que Rubén Darío nos cuenta con maestría como dicha piedra adquirió su color.
Todas las obras modernistas muestran un paisaje fantástico, palacios de diamantes; mariposas verdes y amarillas; gnomos y ninfas; fragantes jardines… todo menos la realidad que vivía América Latina. A esa contradicción se lo conoce como “Dariana” por el principal representante de la corriente. El modernismo no cuenta con ninguna característica que lo convierta en una herramienta denunciatoria de la realidad. La mayoría de los autores modernistas se encontraban encerrados en su torre de marfil, lejos de la violencia y la muerte.


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