Lo sólido de la ficción

Publicado por Hiram , sábado, 24 de abril de 2010 17:11

Sólo un niño pequeño creería un mito, una leyenda o una fábula. Nadie acreditaría el testimonio de un ser desconocido. Pocos harían caso a una historia que no vieron con sus propios ojos. Todos, por más confiados que seamos, mantenemos un poco de incredulidad frente al acontecer de los días. Dudamos si el noticiero dio a conocer el verdadero saldo de muertos, dudamos que el gobierno haya creado más empleos, incluso dudamos de nuestra propia familia. Pero si dudamos de todo y de todos, por qué no desconfiamos de la literatura; seguimos las historias con tanta convicción, y pocas veces nos preguntamos si pudieran ser mentiras.
Antiguamente existió un puente fortísimo entre la literatura y la realidad. En ese tiempo, cuando los pueblos construían su cultura con ladrillos de palabras, fue cuando el mito definía lo que era real, verdadero y trascendente. El mito cumplía la función que hoy encomendamos a la fe, la historia y el arte. Los relatos sobre la creación de la tierra, los mares y el cielo configuraban toda una estructura social; los sacerdotes y oráculos eran los que designaban el destino de los pueblos, dependiendo de los mensajes que enviaban los dioses.

La sinergia entre literatura y realidad se debilita durante la Revolución Francesa, cuando los enciclopedistas y los científicos iniciaron la redefinición de conceptos antiguos. En ese momento el mito es fracturado en sus tres componentes: la religión, la historia, y el arte. La religión únicamente se encargará de la fe, la historia registrará los eventos colectivos trascendentes y verdaderos, el arte expresará la subjetividad de la experiencia individual.

Con la disociación del mito quedó muy clara la diferencia entre el arte y la historia, también entre la literatura y la realidad. La realidad requiere de comprobación científica para ser catalogada como tal; la literatura es un espacio donde los artistas pueden contar lo que sea, pueden crear ficción.

Aunque la historia se haya quedado con las “verdades” y la literatura con las “mentiras”, eso no permanecería estático por mucho tiempo. El carácter científico de la historia es su talón de Aquiles, es su propia perdición, ya que todo necesita comprobarse y todo puede ser puesto en duda. La duda es el primer paso del método científico, si no lo creen pregúntenle Descartes. La característica que parecía darle superioridad a la historia frente a la literatura, ahora la hace blanco de desconfianza y modificaciones. En cambio la literatura, que siempre se ha encargado de la “ficción” permanece inamovible, las cosas pudieron haber pasado como lo cuenta la literatura, nadie se molesta en contradecirlo.

La gran diferencia es que la historia busca la veracidad, por ende la exactitud; la literatura busca la verosimilitud, es decir la posibilidad de que las cosas pudieran haber pasado de cierto modo. Esa característica hace más verdadera a la literatura que a la historia, la mantiene como el testimonio más confiable de la condición humana. Por eso no me sorprende que cuando leo a Kafka, Joyce, Becket o a cualquier otro, su obra exprese de manera tan similar lo que yo siento. Por eso que no tengo más remedio que creerles.

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